Los misterios de Curuchupa (resumen 1 - 35)


 Este libro empieza hablando (o diciendo) que, de todas las ciudades que había recorrido Brank Wills y estando próximo a cumplir treinta y tres años de vida, la que encontró fue la perfecta para quedarse. 

Era una ciudad de calles largas y empedradas. Sus casas estaban levantados con adobe y bareque, que se pintaban luego de blanco yeso, con nichos profundos para acoger puertas y ventanales. En sus techos había tejas que reemplazaban a la paja; rejas y barrotes, al igual que faroles de hierro forjado, elaborados por artesanos amantes de la fragua y el yunque, protegían y alumbraban las fachadas; muchas con pisos de terracota o con adornos e incrustaciones de hueso de buey que se combinaban en armonía con frescos que daban la bienvenida al caminante.

Sus calles eran perfectas para el galanteo de quienes creían aún en la reverencia con sombrero y sonrisa a medio lado como forma común para dar inicio a la persecución a espalda seguida de las damas que iban y venían desde las siete iglesias centrales. Los llamados caballeros de la ciudad elogiaban a las doncellas con voces suaves, hacían referencia a sus pomposos peinados de moños ajustados o sus vestidos bombachos llenos de encaje e incluso se agraciaban con ellas a pretexto de sus sombrillas de tela de lino. Los galantes, como se hacían llamar, buscaban con ello el nombre de la perseguida o, por lo menos, una mirada que ya era cuenta de una recepción posterior desde un balcón florido.

En la plaza central, imposible un caminante de alpargata, con trenza o pantalón a rodilla expuesta, salvo el jueves, día de mercado, cuando eran requeridos por las matronas para llevar de aquí para allá grandes y pesados canastos de compras. En media semana se podía apreciar la fuerza extraordinaria de los marginales que, a espalda descubierta, podían cargar hasta dos quintales de papas sin necesidad de abrazarlos: sus legumbres o frutas de temporada, infaltable la soga de tres hilos que era instrumento único para sujetar al cuerpo todo el pesado bulto. La paga al "cargador", como lo llamaban despectivamente, consistía en moneda de baja denominación y, cuando la doña consideraba haber recibido un buen servicio, ofrecía de premio un par de guineos para acompañar la especie. 

La ciudad de Curuchupa fue la que el destino marcó para Brank Wills, que había salido de su natal refugio hacía ya cinco días en busca de aquella tierra, donde habitaba cierta gente, a quienes consideraba necesario aleccionar.


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